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Los tímidos rayos de sol que se asomaban entre los negros nubarrones, apenas calentaban el atardecer de aquel frío jueves de noviembre.
Como siempre en Madrid, el tráfico era caótico, los coches inundaban la calzada y el incesante ruido de los motores y de los claxon se convertía en la banda sonora de una ciudad deseosa de volver a casa tras un duro día de trabajo.
Simon apretó el paso mientras oprimía contra el costado la edición europea del Wall Street Journal. La blanca gabardina era claramente insuficiente, pero se dejó llevar por los tópicos sobre España y su buen clima.
Cruzó la calle sorteando por entre los coches atascados, sin llegar a alcanzar el semáforo y anduvo con paso marcial por la Avenida de Pio XII hasta las verjas de un modernísimo chalet, que destacaba como una mosca en un tarro de miel junto a los antiguos palacetes que salpicaban la calle.
Cada vez quedaban menos, ya que las grandes empresas los compraban y derruían para construir edificios de diseño con todos los adelantos de las nuevas tecnologías.
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